
En esta fría ciudad, y quizás precisamente por eso, el amor se da expresivo y dichoso. Parece una conducta regulada por la Ley de Manifestaciones de Afecto, emanada del Ministerio de la Empatía y las Buenas Costumbres. Para no ser penados por la justicia, la gente regala el amor abiertamente, sin reparos. En la calle, en las plazas, a pleno sol, en la noche fría, en el centro, en el transmilenio, en la universidad, más allá o más acá, sólo se ven ojos enamorados…los de ella, los de él, los de todo el que tiene pareja y se manifiesta el cariño profundo con las clásicas agarradas de mano, los fuertes y emotivos abrazos, los besos franceses-bogotanos, y las caricias escondidas siempre evidentes…
Siendo de tierras cálidas, lo primero que me pegó fue el frío de la ciudad, y pregunté indiscretamente a mis amigos más cercanos, cómo demonios la gente, por ejemplo, hacía el amor, cómo se desnudaban con este frío que hiela la piel y el cerebro de un solo tiro, al quitarse la ropa. Por supuesto, las teorías se centraban en que el deseo lo puede todo, siempre sirve usar medias, la cobija es básica, la bañera no es un buen lugar, entre otros detalles técnicos del asunto. Viendo la emotividad de las parejas de enamorados de cualquier edad, en cada recodo citadino, mi modesta teoría es que mientras se tenga pareja, la gente no deja que el frío llegue. No hay manera. Entre tanto apretón indiscreto, las miradas lujuriosas, los besos fortuitos y esperados, la temperatura debe mantenerse. Siendo ésta la premisa, las notables expresiones de amor pueden deberse al instinto de supervivencia, o quizás, a un efecto acelerador del frío sobre la dopamina, afectando la química cerebral…
Mientras en Valencia es posible que un policía impertinente, probablemente sin novia, te saque un silbato en una feria de comida de algún centro comercial citadino, debido a un beso medianamente subido de tono, pidiéndote respetar el Manual de Carreño o la Ordenanza Municipal, acá no hay silbatos posibles que distraigan a los amantes de su tarea, felizmente realizada, sin culpas ni resquemores.
Las pruebas saltan a la vista. En la conocida hamburguesería de El Corral, una chica con aire de intelectual reposa feliz en las piernas de su novio, esperando realizar su pedido, no muy concentrada en la hamburguesa que comerá. Deja de besarlo apresurada al llegar su turno de ordenar, se levanta elegante hacia la caja, detalla las especificaciones de su hamburguesa y, posteriormente, vuelve a su lugar y continua con su esmerada actividad.
A la salida, en una esquina de la avenida Pepe Sierra, una pareja de adultos, como diría un amigo, bastante adultos, camina de la mano esperando el taxi que los llevará de vuelta a su hogar. Y más allá, dos chicos juguetean verbalmente con aquello de: “te quiero chiquita, no, yo más, no, yo más a tí, no…. yo te quiero como al mundo” en ese interminable madejo de frases sin fin, todas tendientes a cuantificar el amor que se tienen el uno al otro. Y aunque de seguro todos hemos jugado a eso alguna vez, acá es mucho más frecuente, y es muy fácil que nos enteremos, a pesar del tono bajito que usan los bogotanos para hablar de cualquier tema.
Venezuela no es el país más puritano del mundo, ni se acerca a ello, y Valencia, menos aún, con su hilera de moteles en fila india alrededor de la ciudad. Pero el amor no se ve con abrumador y envidiable desparpajo. Sabes que la gente se quiere porque se toma de la mano, se acaricia con modestia, se llama con apelativos como gordo o corazón, y sus correspondientes gordita y muñeca, se besa apresurada, viendo a los lados, y a veces no responden el teléfono un viernes o un sábado por la noche. Uno sabe que se quieren, eso es todo, pero las manifestaciones de afecto más profundas tienden a ser en privado, y en el terreno de lo público, aunque no se quiera, hay una manía colectiva de cuidarse del señor policía del silbato, o de la vecina mirona, o de quienes dicen “por favor, no coman frente a los pobres”. Es como estar en el Truman Show, donde siempre te están viendo, no importa quién, pero alguien que quién sabe por qué no debería ver.
De vuelta a la tierra fría, frente a este divertido fenómeno del amor sin tregua, hay también quienes no lo han encontrado, lo saben presente, pero no les pertenece. Es común, en los temas de baño, entre clase y clase de la universidad, escuchar la casi universal queja de las chicas que insisten en su hipótesis de que “no hay hombres”. Una joven completa su análisis: “los que hay tienen novia, están casados, o son gays”. Y obviamente, frente a las explícitas muestras de cariño, esta queja se agudiza. Es casi una prerrogativa aquello de “quiero un novioooo”. Otras -más osadas- estiman que se conformarían con un "tinieblo" (dícese de quien no llega a novio aunque cumpla ciertas de sus funciones) y otras más materialistas, quisieran tan sólo un "marrano" (aquel que aunque tampoco sea considerado novio, pueda pagar los gastos de salida, y tenga como mínimo un automóvil).
Así que el panorama se va completando. Obviamente, no sólo de amores felices está llena Bogotá. También los hay signados por el estrés, la rutina, la incomprensión o la soledad. Los hay platónicos, inexistentes, amargos, olvidados u oscuros. Lo cierto es que el tema del amor es recurrente, porque, aquí quien ama a alguien, transmite sus sentimientos sin tapujos (y para qué tenerlos) sin importar dónde, ni cuándo. Otros presumen de su relación o pretenden mejorarla a fuerza de análisis en mesas redondas de discusión con los amigos. Y junto a ellos, están quienes buscan alguien a quien querer, sin éxito, deseando que esta persona aparezca desde que despiertan hasta el fin de sus jornadas. Muchas veces se sienten disminuidos porque no conciben que en una ciudad tan grande no exista alguien con quien compartir valores, tiempo, afinidades, risas, besos, y proyectos.
Ante estos argumentos largamente escuchados, una amiga en estos días me comentaba su apreciación, me dijo "si el amor no está en Bogotá, la gente debe saber que quizás está en Bucaramanga, y si no está ahí, está en Caracas, si no, pues está en París, o en Madrid, o en Roma, sólo hay que salir y ver". Es probable que lo que me dice sea cierto, que el amor siempre nos esté esperando en el momento justo, para que volteemos la mirada y nos lo encontremos de frente, plácido, sincero, generoso y -ojalá- muy cercano a la felicidad.

