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12 mayo 2007

15° centígrados de amores y desventuras capitalinos




En esta fría ciudad, y quizás precisamente por eso, el amor se da expresivo y dichoso. Parece una conducta regulada por la Ley de Manifestaciones de Afecto, emanada del Ministerio de la Empatía y las Buenas Costumbres. Para no ser penados por la justicia, la gente regala el amor abiertamente, sin reparos. En la calle, en las plazas, a pleno sol, en la noche fría, en el centro, en el transmilenio, en la universidad, más allá o más acá, sólo se ven ojos enamorados…los de ella, los de él, los de todo el que tiene pareja y se manifiesta el cariño profundo con las clásicas agarradas de mano, los fuertes y emotivos abrazos, los besos franceses-bogotanos, y las caricias escondidas siempre evidentes…

Siendo de tierras cálidas, lo primero que me pegó fue el frío de la ciudad, y pregunté indiscretamente a mis amigos más cercanos, cómo demonios la gente, por ejemplo, hacía el amor, cómo se desnudaban con este frío que hiela la piel y el cerebro de un solo tiro, al quitarse la ropa. Por supuesto, las teorías se centraban en que el deseo lo puede todo, siempre sirve usar medias, la cobija es básica, la bañera no es un buen lugar, entre otros detalles técnicos del asunto. Viendo la emotividad de las parejas de enamorados de cualquier edad, en cada recodo citadino, mi modesta teoría es que mientras se tenga pareja, la gente no deja que el frío llegue. No hay manera. Entre tanto apretón indiscreto, las miradas lujuriosas, los besos fortuitos y esperados, la temperatura debe mantenerse. Siendo ésta la premisa, las notables expresiones de amor pueden deberse al instinto de supervivencia, o quizás, a un efecto acelerador del frío sobre la dopamina, afectando la química cerebral…

Mientras en Valencia es posible que un policía impertinente, probablemente sin novia, te saque un silbato en una feria de comida de algún centro comercial citadino, debido a un beso medianamente subido de tono, pidiéndote respetar el Manual de Carreño o la Ordenanza Municipal, acá no hay silbatos posibles que distraigan a los amantes de su tarea, felizmente realizada, sin culpas ni resquemores.

Las pruebas saltan a la vista. En la conocida hamburguesería de El Corral, una chica con aire de intelectual reposa feliz en las piernas de su novio, esperando realizar su pedido, no muy concentrada en la hamburguesa que comerá. Deja de besarlo apresurada al llegar su turno de ordenar, se levanta elegante hacia la caja, detalla las especificaciones de su hamburguesa y, posteriormente, vuelve a su lugar y continua con su esmerada actividad.

A la salida, en una esquina de la avenida Pepe Sierra, una pareja de adultos, como diría un amigo, bastante adultos, camina de la mano esperando el taxi que los llevará de vuelta a su hogar. Y más allá, dos chicos juguetean verbalmente con aquello de: “te quiero chiquita, no, yo más, no, yo más a tí, no…. yo te quiero como al mundo” en ese interminable madejo de frases sin fin, todas tendientes a cuantificar el amor que se tienen el uno al otro. Y aunque de seguro todos hemos jugado a eso alguna vez, acá es mucho más frecuente, y es muy fácil que nos enteremos, a pesar del tono bajito que usan los bogotanos para hablar de cualquier tema.

Venezuela no es el país más puritano del mundo, ni se acerca a ello, y Valencia, menos aún, con su hilera de moteles en fila india alrededor de la ciudad. Pero el amor no se ve con abrumador y envidiable desparpajo. Sabes que la gente se quiere porque se toma de la mano, se acaricia con modestia, se llama con apelativos como gordo o corazón, y sus correspondientes gordita y muñeca, se besa apresurada, viendo a los lados, y a veces no responden el teléfono un viernes o un sábado por la noche. Uno sabe que se quieren, eso es todo, pero las manifestaciones de afecto más profundas tienden a ser en privado, y en el terreno de lo público, aunque no se quiera, hay una manía colectiva de cuidarse del señor policía del silbato, o de la vecina mirona, o de quienes dicen “por favor, no coman frente a los pobres”. Es como estar en el Truman Show, donde siempre te están viendo, no importa quién, pero alguien que quién sabe por qué no debería ver.

De vuelta a la tierra fría, frente a este divertido fenómeno del amor sin tregua, hay también quienes no lo han encontrado, lo saben presente, pero no les pertenece. Es común, en los temas de baño, entre clase y clase de la universidad, escuchar la casi universal queja de las chicas que insisten en su hipótesis de que “no hay hombres”. Una joven completa su análisis: “los que hay tienen novia, están casados, o son gays”. Y obviamente, frente a las explícitas muestras de cariño, esta queja se agudiza. Es casi una prerrogativa aquello de “quiero un novioooo”. O
tras -más osadas- estiman que se conformarían con un "tinieblo" (dícese de quien no llega a novio aunque cumpla ciertas de sus funciones) y otras más materialistas, quisieran tan sólo un "marrano" (aquel que aunque tampoco sea considerado novio, pueda pagar los gastos de salida, y tenga como mínimo un automóvil).

Así que el panorama se va completando. Obviamente, no sólo de amores felices está llena Bogotá. También los hay signados por el estrés, la rutina, la incomprensión o la soledad. Los hay platónicos, inexistentes, amargos, olvidados u oscuros. Lo cierto es que el tema del amor es recurrente, porque, aquí quien ama a alguien, transmite sus sentimientos sin tapujos (y para qué tenerlos) sin importar dónde, ni cuándo. Otros presumen de su relación o pretenden mejorarla a fuerza de análisis en mesas redondas de discusión con los amigos. Y junto a ellos, están quienes buscan alguien a quien querer, sin éxito, deseando que esta persona aparezca desde que despiertan hasta el fin de sus jornadas. Muchas veces se sienten disminuidos porque no conciben que en una ciudad tan grande no exista alguien con quien compartir valores, tiempo, afinidades, risas, besos, y proyectos.
Ante estos argumentos largamente escuchados, una amiga en estos días me comentaba su apreciación, me dijo "si el amor no está en Bogotá, la gente debe saber que quizás está en Bucaramanga, y si no está ahí, está en Caracas, si no, pues está en París, o en Madrid, o en Roma, sólo hay que salir y ver". Es probable que lo que me dice sea cierto, que el amor siempre nos esté esperando en el momento justo, para que volteemos la mirada y nos lo encontremos de frente, plácido, sincero, generoso y -ojalá- muy cercano a la felicidad.

30 abril 2007

Capital de contrastes

Al otro lado de mi calle de estrato 4, en pleno corazón de Bogotá, hay una casa armada con materiales diversos: algunos maderos, techo de zinc y una puerta torcida, puesta al azar allí. Tras sus muros se encuentra paradójicamente, la inmensa Pontificia Universidad Javeriana, una de las más afamadas de Colombia. Más adelante una casita amarilla y pulcra, señala en el letrero su razón de ser, es una “Tienda y Ferretería”. Su propietario siempre nos saluda con un sincero “vecino, qué necesita”. Allí alberga desde pan fresco hasta cable para hacer extensiones a 7 mil pesos. Atiende con su esposa este depósito de artículos de primera necesidad, y cuando no hay clientes, toca en su acordeón alegre, ya sean vallenatos o alguna música de moda. Más abajo está el restaurantico de la calle 45, y el señor encargado recibe animado a sus muchos comensales al mediodía, ofreciéndoles comida casera en gran cantidad y a precio minúsculo.

Subiendo, justo al lado de mi edificio, está el Mercado de la 45. Allí hay que ir para agradarse con el surtido de vegetales y alimentos varios, y adquirir lo que se busca. Si hace falta algún ingrediente de última hora, cuando se está en plena preparación del almuerzo, por ejemplo, sólo hay que bajar dos minutos, y estará el problema resuelto. Y si estoy empijamada y la intención no era salir, el mercado tiene un servicio alcahuete a domicilio, que lleva los pedidos, así sea a tres metros del negocio. En el patio de este mini mercado hay dos gallos que de forma insólita cantan todo el día. En pleno centro de la ciudad los sonidos son campestres.



Frente al mercedes que transita lujoso por la Carrera 7ma. circula dichoso un zorrero, un señor de rostro cansado, arrugado por el sol. Lleva ágil su caballo, el que lentamente mueve la carreta donde se dispondrá todo el material que pueda reciclarse de la basura de la ciudad. El conductor de este típico y llamativo medio de transporte sabe que, aunque no gane mucho dinero, su rol es tan necesario que día a día se levanta animoso a cumplir el mismo recorrido por las calles citadinas. Él recolecta, clasifica y traslada los desechos reciclables de buena parte de los 8 millones de habitantes de Bogotá. Ese es su cargo y al mismo tiempo su motivación de vida.

Justo e
n la enorme y cosmopolita Avenida Chile –en la calle 72- una indígena de pequeña estatura, vestida con su falda negra amplia, y su sombrero del mismo color, vende a pleno sol, bufandas y guantes bordados. Busca con su mirada tímida otros ojos que se interesen por la variada y necesaria mercancía que exhibe ordenada sobre una manta extendida en la acera, por la que a diario ejecutivos de traje y corbata y elegantes señoras caminan presurosos contando los minutos disponibles, haciendo cuentas, y eligiendo -entre las diversas opciones- el café de moda al que acudirán a almorzar.

Bogotá es ante todo una ciudad de crudos contrastes, y día a día nos vemos asistidos por gente que no puede disfrutar de las bondades del sistema, de las famosas ventajas del capitalismo: la casa espaciosa, los carros, el celular con funciones de ordenador, la ropa de marca, la oficina con cuadros de Botero en el punto más chic de la ciudad, la universidad prestigiosa, y los cursos de especialización en el exterior. Ellos, quienes con actitud de guerrero, se levantan a diario a cumplir su jornada de trabajo, nos asisten sin preguntas, nos brindan comida casera, una ciudad menos contaminada y contaminante, y bufandas -con sus guantes- para el frío.

Le escribo hoy a quienes han sido desplazados por la mala interpretación que han hecho nuestros gobiernos del capitalismo, del socialismo, de la socialdemocracia, o de cualquier modelo político que se haya tratado de implantar en nuestros países ricos en recursos y enormemente pobres en la distribución de oportunidades. Le escribo a quienes a pesar de todo sonríen a diario, porque están conscientes de que ser no es lo mismo que tener, y que tener no es sinónimo de felicidad.

Le escribo también a quienes se sienten incluidos, sabiendo que forman parte de un grupo pequeño, limitado, impotente frente a la voracidad del sistema que afecta a otros. A los que sufren de estrés, y pagan con creces su casa grande, y la universidad cara a la que asisten sus hijos.

Escribo para ver si genero ideas lógicas que me expliquen este paisaje desigual que vemos a diario, y frente al que prácticamente nos quedamos impávidos, porque no tenemos idea de cómo contribuir, de cómo mejorar las parcelas vecinas. Estoy segura de que esa gente de rostro amable con la que nos cruzamos por la calle, aquella gente que nos ayuda a diario, buscando su bienestar y propiciando el nuestro, sabe qué es lo que debe cambiar. Ellos tienen las respuestas.



NOTA: La foto del zorrero es una cortesía de Eleonora Zuleta, tomada en su viaje a Colombia en enero de 2007.